Nos mantenemos en un camino establecido, una sala tras otra, siguiendo el flujo de personas, la lectura de los textos complementarios, dedicando rigurosamente el mismo tiempo en diferentes obras… sin dar prioridad a ninguna de ellas, con la obligación de verlo todo.
No todo nos interesa, pero nos sentimos culpables si no entramos en alguna de las salas, con la sensación de estar perdiendo algo importante. Al salir, nos parece haber absorbido una gran cantidad de información. Pero muchas veces tenemos dificultades para encontrar un sentido general.
El itinerario que elegimos hacer en cada visita, de forma deliberada o no, crea un relato expositivo único.
Cada persona puede crear su relato, su itinerario, y compartirlo con los demás.
A través de este círculo virtuoso, nos convertimos en embajadores del museo, haciendo difusión y animando a más gente a visitarlo.